TEORÍA
Partimos de la definición del diccionario de autoestima como un conjunto de percepciones, pensamientos y sentimientos que tenemos de nosotros mismos. Y esta manera de vernos, desde la mirada de Un curso de milagros, se relaciona con el maestro que guíe nuestras mentes: el ego o el Espíritu Santo. Con el ego oscilaremos entre la grandiosidad u orgullo y la pequeñez. Nos valoraremos por lo que tengamos, por el reconocimiento de los demás, por las metas que alcancemos que siempre nos van a generar insatisfacción porque, con el ego, siempre buscamos pero no encontramos. La grandiosidad requiere competencia, comparaciones, juicios, grados, niveles para ver quien es mejor que el otro, quien tiene más poder. Esto implica siempre ataque por la sensación de vulnerabilidad que acompaña siempre al ego como manifestación de las leyes de caos que rigen este mundo.
Con el Espíritu Santo estaremos en la Grandeza y la valía de Dios. La Grandeza proviene de Dios como Expresión de Su Amor. Desde tu grandeza tan sólo puedes bendecir porque tu grandeza es tu abundancia. Cuando bendices la conservas en tu mente y la proteges de las ilusiones. Cuando me olvido que estoy en la mente de Dios me desespero y ataco. Mi valía la da el saber que comparto la mente de Dios.
Llegamos a este mundo del ego y empezamos a recibir un conjunto de valores y creencias donde empezamos a fabricar un personaje que empieza a formarse con los valores del deseo de creerse mejor y especial que sus hermanos. Este proceso lo describe Jesús en el capítulo 31 sección V párrafo 1:
1. “Las enseñanzas del mundo se basan en un concepto del yo que se ajusta a la realidad mundana. ²Y como tal, se adapta muy bien a ella, ³pues es una imagen que encaja perfectamente en el mundo de sombras e ilusiones. ⁴En él se encuentra como en su casa, y todo lo que ve es uno con ella. ⁵El propósito de las enseñanzas del mundo es que cada individuo forje un concepto de sí mismo. ⁶Éste es su propósito: que vengas sin un yo y que fabriques uno a medida que creces. ⁷Y cuando hayas alcanzado la “madurez” ya lo habrás perfeccionado, y así podrás enfrentarte al mundo en igualdad de condiciones y perfectamente adaptado a sus exigencias”.
T-31.V.1:1-7
En esta sección, Jesús, dice que forjas un concepto que no guarda semejanza con el Hijo de Dios que eres. El ser, el yo, del ego, es un ser conflictivo, carente, sometido a la pérdida, al sufrimiento, al dolor, a la enfermedad y a la muerte. Surgió, después de la creencia en la separación de Dios. El concepto del yo que forja este mundo presenta dos caras. Por un lado, una cara de inocencia que pretende desligarse de un mundo que se cree perverso e injusto. Los otros son los del problema, yo no tengo nada que ver con lo que sucede en el mundo, me considero una víctima de él. La otra cara, tiene un contenido de miedo y ataque y de acusación a mi hermano por lo que creo ha hecho de mí. Conviertes a tu hermano en el símbolo de tus propios pecados y lo condenas por esa cosa odiosa que no aceptas en ti mismo.
Todo aprendizaje que el mundo dirige pretende que adquieras las leyes de este mundo que, en el fondo, tienen un contenido conflictivo. Por eso, Jesús, las llama del caos y que buscan que tu vida se rija por ellas y las tomes como la verdad. Recordemos las leyes del caos:
1. La primera ley del caos dice que la verdad es diferente para cada persona.
2. La segunda dice que no hay nadie que no peque y, por lo tanto, todo el mundo merece ataque y muerte.
3. La tercera ley del caos se relaciona con el temor a Dios quien nos va a castigar tarde que temprano.
4. La cuarta es que posees aquello de lo que te apropias y, por lo tanto, siempre habrá ganadores y perdedores.
5. La quinta ley del caos parte de que hay un substituto para el amor. Esta es la magia que curará todo tu dolor. Esta es la razón de que tengas que atacar. Es lo que hace que tu venganza esté justificada.
Una vida construida con estos principios no puede sino causar conflictos de todo tipo. Con este concepto que hemos forjado acerca de nosotros mismos, no es posible que tengamos paz interior. Necesitamos la ayuda del Espíritu Santo para que pueda ser deshecho este concepto. Este concepto está basado en lo externo, en posesiones, en el reconocimiento de otros, etc. No hay pruebas de lo que creemos que tu hermano ha hecho de ti sea cierto. Necesitas creerlo para mantenerte inocente y víctima de los otros y, así, tener a quien culpar. ¿Dónde está tu responsabilidad al aceptarla visión de tu hermano acerca de ti? Tu hermano puede decir de ti lo que quiera. El que lo aceptes o no, es tu responsabilidad. Pero el juego del victimismo, te conviene. Ya, Jesús, lo ha explicado en el Capítulo 27 sección primera párrafo 1:
“El deseo de ser tratado injustamente es un intento de querer transigir combinando el ataque con la inocencia"
T-27.I.1:1
Cargas tanta culpa, reflejo de la culpa ancestral inconsciente por la creencia en la separación de Dios, a las cuales les sumamos las culpas que hemos adquirido en esta vida, que necesitas a quien proyectarla así sea a costa de tu bienestar.
Tu concepto del mundo se relaciona con el que tienes de ti mismo. Ambos desaparecerían si cualquiera de ellos se pusiera en duda. El concepto del yo ha sido la gran preocupación del mundo. Y cada individuo cree que tiene que encontrar la solución al enigma de lo que él es. Jesús, nos dice que sólo nos relacionamos con nosotros mismos y que si somos testigos de un mundo culpable es porque lo consideras tal como te consideras a ti mismo. Si algo te puede herir, lo que estás viendo es la representación de tus deseos secretos de querer atacar.
Sobre la relación del mundo que veo y el juicio que tengo con respecto a mí mismo nos dice Jesús en el Capítulo 20 sección III párrafo 5:
5. ¿Te has preguntado alguna vez cómo es realmente el mundo y qué aspecto tendría si se contemplase con ojos felices? ²El mundo que ves no es sino un juicio con respecto a ti mismo. ³No existe en absoluto. ⁴Tus juicios, no obstante, le imponen una sentencia, la justifican y hacen que sea real. ⁵Ése es el mundo que ves: un juicio contra ti, que tú mismo has emitido. ⁶El ego protege celosamente esa imagen enfermiza de ti mismo, pues ésa es su imagen y lo que él ama, y la proyecta sobre el mundo. ⁷Y tú te ves obligado a adaptarte a ese mundo mientras sigas creyendo que esa imagen es algo externo a ti y que te tiene a su merced. Ese mundo es despiadado, y si se encontrara fuera de ti, tendrías ciertamente motivos para estar atemorizado. Pero fuiste tú quien hizo que fuera inclemente, y si ahora esa inclemencia parece volverse contra ti, puede ser corregida.
T-20.III.5:1-7
Forjarás distintos conceptos de ti mismo. Cada uno producirá cambios que se reflejarán en tus relaciones, a medida que la manera como te percibas vaya cambiando. El papel de acusador se presentará pero confía en que se irá superando con la Ayuda del Espíritu Santo. El único estado de ánimo que el Espíritu Santo fomenta es uno de dicha. No enseña a juzgar a otros. El Espíritu Santo nos enseña que para poder tener hay que dar todo a todos y que el tener y el ser no son opuestos. Nos enseña a reaccionar al ego propio y al de los demás como si no fuera verdad, es decir, verlo como una ilusión que se puede corregir y que no es de Dios.
Relacionado con el concepto que se tiene de sí mismo está el concepto de autoestima y de valía. Para el ego, la valía se relaciona con el tener y continuamente se está en función de las comparaciones entre niveles, logros, dinero. El ser no cuenta. Para el Curso la valía la estableció Dios y no tiene relación con lo que hagamos o dejemos de hacer, con lo que digan o hagan los demás en relación a nosotros. Es intrínseca a nuestra condición de Hijos Dios.
Hay relación entre la percepción y la consideración de la valía. La percepción, que es intrínsecamente enjuiciadora, comenzó con la creencia en la separación de Dios. Ahí, surgen los niveles y comparaciones que nos mantienen en la inseguridad de si estamos haciendo las cosas como los otros consideran importante y valioso, sumándole a esto, los continuos cambios que son inherentes al mundo del ego. La percepción necesita la creencia en un “mas” y un “menos” que entraña selectividad a todo nivel y este proceso de selección de lo que consideramos importante implica el evaluar ya que para poder seleccionar necesitamos juzgar. Así, las comparaciones de la percepción influyen en la concepción de valía que se tiene. Por eso, el cómo nos vemos y como creemos que nos ven, hace que nuestra consideración de nuestra valía cambie continuamente pudiéndonos causar malestar. Esto desde la mirada del ego.
Desde la mirada del Espíritu Santo, no necesito hacer comparaciones en la forma con mis hermanos. Me centro en el contenido del Curso:
“El Hijo de Dios es inocente y en su inocencia radica su salvación”.
No tengo ninguna duda con respecto a mi valía. Esto lo consigo mediante el perdón, que es lo que sana la percepción de la separación. Se hace necesario percibir correctamente al hermano porque las mentes han decidido percibirse así mismas como separadas. Tu valía está más allá de la percepción porque está más allá de toda duda. Se trata de no percibirse bajo ninguna otra luz. Es conocerse en la Única Luz de Dios en la cual el milagro de la corrección de nuestra mente se alza con perfecta claridad.
Esto lo aclara Jesús en el capítulo 4 sección I párrafo 7 (la cita original era al párrafo 1, pero el texto corresponde al 7):
1. “El que enseñes o aprendas no es lo que establece tu valía. ²Tu valía la estableció Dios. ³Mientras sigas oponiéndote a esto, todo lo que hagas te dará miedo, especialmente aquellas situaciones que tiendan a apoyar la creencia en la superioridad o en la inferioridad. ⁴Los maestros tienen que tener paciencia y repetir las lecciones que enseñan hasta que se aprendan. ⁵Yo estoy dispuesto a hacer eso porque no tengo derecho a fijar los límites de tu aprendizaje por ti. ⁶Una vez más, nada de lo que haces, piensas o deseas es necesario para establecer tu valía. ⁷Este punto no es debatible excepto en fantasías. ⁸Tu ego no está nunca en entredicho porque Dios no lo creó. ⁹Tu Espíritu no está nunca en entredicho porque Él lo creó. ¹⁰Cualquier confusión al respecto es ilusoria, y mientras esta ilusión perdure ninguna forma de dedicación es posible”
T-4.I.7:1-10
Siempre estamos enseñando y aprendiendo en relación a lo que creemos ser y a lo que creemos que son los otros para nosotros. Y, en ese proceso, si estamos influidos por el ego, podemos hacer juicios descalificatorios de nosotros mismos y de nuestros hermanos, lo que nos puede llevar al miedo al aceptar los criterios de superioridad o inferioridad del ego. Pero Jesús, es muy claro: “Tu valía la estableció Dios”. Es una afirmación de confianza en Dios. De aceptación de la verdadera identidad como Hijos de Dios que nos caracteriza pues, “nada de lo que haces, piensas o deseas es necesario para establecer tu valía”. Si esto no lo tenemos claros estaremos a merced de los cambiantes juicios del ego, siempre basados en criterios externos que nos llevan a valorarnos por lo que consigamos y por el cómo nos vean los demás desconociendo nuestra condición de Hijos de Dios. Si Dios no creó el ego, los criterios de este no deberían ser los que nos guíen. Se trata de no escuchar al ego. De escuchar únicamente a Dios. Por eso nos dice Jesús en el capítulo 4 sección I párrafo 10:
”Libérate y libera a otros. No le ofrezcas a otros una imagen de ti mismo falsa e indigna ni tampoco aceptes una imagen similar de ellos”.
T-4.I.10:6-7
¿Cómo veo a mi hermano? El ego pretende que lo vea como un ser carente, conflictivo, perdedor, vulnerable e incapaz de amar. Si veo esa imagen en mis hermanos la habré aceptado en mí. Si transmito esta imagen a mi hermano se presenta una doble traición: a mí mismo y a mi hermano, pues ambos somos Hijo de Dios.
Se trata de honrar a todos tus hermanos a quienes Dios creó dignos de amor y a quienes Él honra. Estar separados de ellos es estar separado de Dios. Para conocer mi propia perfección tengo que reconocer también la perfección de mis hermanos. Por lo tanto, sino acepto la valía de mis hermanos no puedo aceptar la mía. De ahí, que todos los juicios descalificatorios que hago hacia mis hermanos afectan la manera como veo mi propia valía. Pero, a pesar de las resistencias del ego en mi mente sólo hay un Maestro que enseña la misma lección a todo el mundo: Soy tal como Dios me creó (Lección 162) y que se traduce en la inestimable valía de cada Hijo de Dios que nunca se ha perdido ni se perderá a pesar de los ataques de ego. De nuevo, queda claro que mi valía no depende de nada externo.
Atacas a tu hermano porque crees que te falta algo. La salida que nos propone Jesús es que compartas tu abundancia con tus hermanos y enseña a tus hermanos a conocer la suya. No compartas tus ilusiones de escasez. La esencia de la desvalorización es negar la Fortaleza que hay en ti que proviene de Dios.
Y esto niega la Voluntad de Dios que quiere para mí perfecta felicidad como dice la lección 101. La Voluntad de Dios es que seas completamente feliz, ahora. Esa debe ser también tu voluntad y también la de tus hermanos.
En tu mente hay dos evaluaciones respecto a ti mismo y ambas no pueden ser ciertas. El Espíritu Santo no se engaña respecto a lo que eres. El ego te engaña respecto a todo lo que haces. Cuando respondes amorosamente es muy posible que te ataque puesto que te ha evaluado como incapaz de ser amoroso y te estás oponiendo a su juicio.
Jesús nos dice en el capítulo 9 sección VIII párrafo 5:
”Si eliges considerarte a ti mismo como incapaz de ser amoroso no podrás ser feliz. Te estarás autocondenando y no podrás por menos que considerarte inadecuado”.
T-9.V.5:1-2
Ese considerarte inadecuado es lo que pretende el ego para que te dediques a buscar y buscar y no hallar afuera, desconociendo el carácter amoroso que te habita como Hijo de Dios que eres que es lo único que te puede hacer feliz. Y si mi siento inadecuado y no soy feliz, tengo problemas con mi valía.
A pesar de disponer de la Grandeza de Dios, me he decidido por la pequeñez del ego sustentada en ilusiones que representan cosas imaginarias procedentes de pensamientos falsos. La pregunta es: ¿Quién decidió el verme desvalorizado y centrarme en la pequeñez? Esta pregunta para el sistema de pensamiento del ego no tiene sentido pues lo pondría en cuestión.
Jesús, nos responde en el Capítulo 27 sección VIII párrafo 10:
_”El secreto de la salvación no es sino éste: que eres tú el que se está haciendo todo esto a sí mismo. No importa cuál sea la forma del ataque, eso sigue siendo verdad. No importa quién desempeñe el papel de enemigo y quién el de agresor, eso sigue siendo verdad. No importa cuál parezca ser la causa de cualquier dolor o sufrimiento que sientas, eso sigue siendo verdad”
T-27.VIII.10:1-4
Todo nos lo hacemos a nosotros mismos con nuestras interpretaciones de acuerdo al maestro que escojamos: el ego o el Espíritu Santo. Con el ego caeremos en la desvalorización y en la pequeñez. Con el Espíritu Santo aceptaremos nuestra valía y la Grandeza de Dios. Cuando caigamos en el ego podemos hacer lo que nos recomienda Jesús en el capítulo 9 sección VIII párrafo 8:
”Siempre que pongas en duda tu valía, di”:
Dios Mismo está incompleto sin mí.
_”Recuerda esto cuando el ego te hable y no le oirás. La verdad acerca de ti es tan sublime que nada que sea indigno de Dios puede ser digno de ti. Decide, pues, lo que deseas desde este punto de vista y no aceptes nada que no sea digno de ser ofrecido a Dios. No deseas nada más. Devuélvele tu parte, y Él te dará la totalidad de Sí Mismo a cambio de la devolución de lo que es Suyo y de lo que le restaura Su Plenitud”.
T-9.VIII.8:1-7
Si Dios es incomparable, digno y sublime nosotros, Sus Hijos, también lo somos. El ego quiere que nos centremos en las faltas o pecados cometidos buscando que nos consideremos culpables y merecedores de castigo, que nos consideremos indignos del Amor de Dios y que pongamos, por lo tanto, en duda nuestra valía.
Jesús, nos dice en el Capítulo 12. Sección VI párrafo 3:
3. “Tú no deseas el mundo. Lo único de valor en él son aquellos aspectos que contemplas con amor. Eso le confiere la única realidad que tendrá jamás. Su valía no reside en sí mismo, pero la tuya se encuentra en ti. De la misma forma en que la propia valía procede de la auto-extensión, de igual modo la percepción de la propia valía procede de extender pensamientos amorosos hacia el exterior. Haz que el mundo real sea real para ti, pues el mundo real es el regalo del Espíritu Santo, por lo tanto, te pertenece.
T-12.VI.3:1-6
Cuestionador texto de Jesús. Nos dice que no hay nada de valor en el mundo. Un mundo basado en la separación, en las leyes del caos, en el conflicto, en las relaciones especiales, en el resentimiento, en el estar ligados al pasado y al futuro menos al presente, en el deseo de ser especial, en la defensa y en el ataque, no nos puede ofrecer nada de valor. Esto si lo miramos con el ego. Si lo miramos con el Espíritu Santo, es decir, basados en el amor y no en el miedo, lo valioso será lo que contemplemos con amor. Y este valor que le asigne no proviene del mundo en sí mismo sino de la valía que, como Hijo de Dios, tengo.
Jesús, nos dice que la propia valía procede de la auto-extensión, es decir, de la expresión de los pensamientos amoroso hacia afuera lo que implica relacionarnos con nuestros hermanos desde la paz y el perdón. Contrario al ego para quien la valía la da todo lo externo: posesiones, reconocimientos, grados, especialismo, etc., lo cual implica un conflicto latente de acuerdo a las leyes del caos que rigen el mundo del ego.
El extender pensamientos amorosos hacia el exterior determina la percepción de nuestra propia valía, nos dice Jesús. Importante reflexión. La pregunta que debo hacerme a todo momento: ¿Cómo me estoy relacionando con mis hermanos? ¿Desde la paz o desde el conflicto? ¿Desde el amor o desde el miedo? ¿Desde la verdad o desde la ilusión? Y esto me aclara si estoy extendiendo pensamientos amorosos o no. Y esto fortalecerá o, no, mi percepción de mi propia valía.
Jesús, nos llama a que el mundo real sea real para nosotros, es decir, a que los pensamientos amorosos que lo componen sea lo que prime en nuestras mentes. Lo que implica hacer un trabajo de perdón y de aceptar la Expiación para nosotros mismos.
En el principio 18 de los milagros Jesús se refiere a la valía:
18. El milagro es un servicio. ²Es el máximo servicio que le puedes prestar a otro. ³Es una manera de amar al prójimo como a ti mismo, ⁴en la que reconoces simultáneamente tu propia valía y la de él.
(T-1.I.18)
Hermosa aclaración de Jesús: amar al prójimo es reconocer simultáneamente tu propia valía y la de él. No puedo amar al prójimo sino lo valoro y me valoro. Es una forma de cuestionar el especialismo así como el resentimiento que nos mantiene unidos al pasado. Veo la grandeza de mi hermano que es la mía propia y que viene de Dios. Es el máximo servicio que le puedo prestar a un hermano y, así, no me quedo en la grandiosidad y la pequeñez del ego.
Continúa Jesús desarrollando el tema de la valía en el Capítulo 3 sección V párrafo 10 (la cita original era al párrafo 6, pero el texto corresponde al 10):
6. “¡Cuán bellos son en verdad los Pensamientos de Dios que viven en Su Luz! ⁷Tu valía está más allá de la percepción porque está más allá de toda duda. ⁸No te percibas a ti mismo bajo ninguna otra luz. ⁹Conócete en la Única Luz en la que el milagro que eres se alza en perfecta claridad”.
(T-3.V.10:6-9)
Tu valía no viene de la percepción que implica separación: donde hay un sujeto que percibe y un objeto percibido, donde hay comparaciones y polaridades: alto-bajo, gordo-flaco, etc., donde hay grados y niveles. Viene del Conocimiento, de nuestra condición como Hijos de Dios que somos, viene de Dios Mismo que es la completa Unidad. Que llegue el milagro a nuestras mentes y nos decidamos a reconocer nuestra valía.
También en el capítulo 7 sección VII párrafo 7 nos habla de la valía:
7. “Sólo un Hijo de Dios es un maestro lo suficientemente digno como para poder enseñar a otro. ²En todas las mentes hay un solo Maestro que enseña la misma lección a todo el mundo. ³Siempre te enseña la inestimable valía de cada Hijo de Dios y lo hace con infinita paciencia, nacida del Amor infinito en nombre del cual habla.
T-7.VII.7:1-8
Que hermoso texto de Jesús. Sólo desde la condición de Hijo de Dios podemos enseñar a otro, lo que implica que hemos reconocido nuestra verdadera identidad como Hijo de Dios y no del ego, al igual que la de mi hermano. Y el Maestro, que está en todas las mentes, enseña la inestimable valía de cada Hijo de Dios, que es inherente a su naturaleza de amor que lo caracteriza, y que es independiente de lo que tenga, haga o deje de hacer. El Espíritu Santo enseña a ver la valía en cada hermano y si no la vemos es porque lo estamos viendo con los ojos del ego y necesitamos perdonar para retomar la visión de Cristo a lo que continuamente nos exhorta el Espíritu Santo.
Sigue diciéndonos Jesús en el Capítulo 9 sección VIII párrafo 10:
10. Eres absolutamente irreemplazable en la Mente de Dios. ²Nadie más puede ocupar tu lugar en Ella, y mientras lo dejes desocupado, tu eterno puesto simplemente aguardará tu regreso. ³Dios te recuerda esto a través de Su Voz, y Él Mismo mantiene a salvo tus extensiones dentro de Su Mente. ⁴Mas no las conocerás hasta que regreses a ellas. ⁵No puedes reemplazar al Reino ni puedes reemplazarte a ti mismo. ⁶Dios, que conoce tu valía, no lo permitiría y, por lo tanto, no puede suceder. ⁷Tu valía se encuentra en la Mente de Dios y, por consiguiente, no sólo en la tuya. ⁸Aceptarte a ti mismo tal como Dios te creó no puede ser arrogancia porque es la negación de la arrogancia. ⁹Aceptar tu pequeñez es arrogancia porque significa que crees que tu evaluación de ti mismo es más acertada que la de Dios.
T-9.VIII.10:1-9
Aceptar mi valía es aceptar mi verdadera identidad como Hijo de Dios que nunca está en juego. Así, aparentemente, la desconozca haciéndole caso al ego, siempre haré parte de la Mente de Dios con todas las características de Dios. Mi valía también se encuentra en la mente de Dios. Como tiendo a olvidarme de ella la Voz de Dios, el Espíritu Santo, siempre me acompaña para que reconozca mi grandeza y el hecho de que soy, nada menos, que absolutamente irremplazable en la mente de Dios y supere la pequeñez en que quiere centrarme el ego. Es cuestión de que ante las tentaciones de sentir desvalorizaciones pidamos Su ayuda para retornar a nuestra valía.
Nos dice Jesús en el Capítulo 10 sección III párrafo 6:
6. En el Reino no hay idólatras, sino un gran aprecio por todo lo que Dios creó, debido al sereno conocimiento de que cada ser forma parte de Él. ²El Hijo de Dios no sabe de ídolos, pero sí sabe Quién es su Padre. ³En este mundo la salud es el equivalente de lo que en el Cielo es la valía. ⁴No es mi mérito lo que te aporto, sino mi amor, pues tú no te consideras valioso. ⁵Cuando no te consideras valioso enfermas, pero la valía que te adjudico puede curarte porque la valía del Hijo de Dios es una y la misma. ⁶Cuando dije: “Mi paz os doy”, eso es exactamente lo que quise decir. ⁷La paz te llega de parte de Dios por mediación mía. ⁸Es para ti aunque tú no la pidas.
T-10.III.6:1-8
Si acepto que hago parte de Dios, que Dios es mi Padre, no necesito buscar reemplazos o ídolos concebidos para impedirme conocer la verdad de lo que soy. Si acepto creer en ídolos, acepto que estos tienen el poder de remediar mis supuestas deficiencias y darme la valía que creo no tener como Hijo de Dios y, por, eso la busco afuera.
Jesús, nos dice que la salud es el equivalente de lo que en el Cielo es la valía y, como, sino me considero valioso, enfermo. La enfermedad no es otra cosa que separación, que falta de perdón, que ausencia de paz, que querer las cosas a nuestra manera, rechazando la Ayuda de nuestro hermano mayor, Jesús y del Espíritu Santo.
Continúa Jesús dándonos claridad sobre la valía en Capítulo 10 sección III párrafo 7:
7. “Cuando un hermano está enfermo es porque está pidiendo paz y, por lo tanto, no sabe que ya dispone de ella. ²Aceptar la paz es negar lo ilusorio, y la enfermedad es una ilusión. ³Todo Hijo de Dios, no obstante, tiene el poder de negar lo ilusorio en cualquier parte del Reino simplemente negándolo completamente en sí mismo. ⁴Yo puedo curarte porque te conozco. ⁵Conozco tu valía por ti, y esta valía es lo que te hace íntegro. ⁶Una mente íntegra no es idólatra ni sabe de leyes conflictivas. ⁷Te curaré simplemente porque sólo tengo un mensaje y ese mensaje es verdad. ⁸Tu fe en él te hará íntegro cuando tengas fe en mí.
T-10.III.7:1-8
Importante reflexión de Jesús. Si estoy enfermo es porque no estoy en paz, es decir, he decidido entrar en el conflicto al defenderme mediante el ataque a Dios, a un Hijo de Dios o mí mismo tal como nos ha enseñado Jesús en la LECCIÓN 134 La enfermedad es una defensa contra la verdad. He olvidado mi verdadera identidad como Hijo de Dios, mi valía como Hijo de Dios y he caído en la trampa del ego que me hace creer en la ilusión de la enfermedad. Así quiero hacer las cosas a mi manera, sin la Guía de Jesús. Sólo a través del perdón podrá ayudarme a sanar mi mente.
Sanar la mente en relación a la valía
Para ello es necesario pedir la Ayuda del Espíritu Santo y de Jesús para que te ayude cambiar los pensamientos que afectan tu manera de ver tu valía. Es importante que recuerdes esto:
1. Tu valía la estableció Dios
Es incondicional, es inherente, hace parte de tu naturaleza como Hijo de Dios. No depende de ningún logro externo, ni de ningún reconocimiento externo. Siempre existe.
2. Pedir la Ayuda del Espíritu Santo y de Jesús.
Del reino de la percepción, de las comparaciones externas no podemos salir sin Ayuda Divina. Necesitamos los milagros que nos ayudan a corregir los errores de percepción de nuestra mente y para ello necesitamos al Espíritu Santo y a Jesús. Nos ayudan a recuperar nuestra valía que se produce al extender, como nos ha enseñado Jesús, pensamientos amorosos hacia el exterior, hacia nuestros hermanos.
3. En tu hermano ves tu valía
Si no reconozco la valía de mi hermano tampoco reconozco la mía. La valía de mi hermano no depende de su comportamiento. Es inherente, como Hijo de Dios que es. No le enseñes a nadie que él es lo que tú no querrías ser. Si un hermano actúa insensatamente es una oportunidad para que lo bendigas. Tu necesitas su bendición acompañada del perdón y la Guía.
4. Deshacer el ego.
Actúas de acuerdo a lo que crees y deseas ser. Siempre guiado por el maestro que escojas: el ego o el Espíritu Santo. La imagen del ego: desposeído, conflictivo separado, carente, lleno de miedo y de culpa, centrado en el cuerpo para conspirar contra tu mente que es donde verdaderamente puede producirse la sanación.… imagen del ego implica desvalorización. Por lo tanto, hay que cuestionar las creencias del ego que centran la valía en lo externo, en las comparaciones y logros materiales.
5. El perdón es el medio para reconocer mi valía
El perdón sana la percepción de la separación que me lleva a sentirme indigno y pecador y a no reconocer mi verdadera identidad como Hijo de Dios. Sana también el concepto de uno mismo que conlleva, por una parte, cara de inocencia y, por la otra, de tolerancia al ataque, supuestamente, en defensa propia. Sana la creencia de que lo que yo soy, en relación a mi valía, se relaciona con la conducta de hermanos: padres, familiares y otras personas y no debido a mi propia responsabilidad de cambiar la mirada del miedo del ego por la del amor del Espíritu Santo.
6. El amor como expresión de la unidad y la igualdad que me caracteriza como Hijo de Dios y sustenta mi valía y la de mi hermano.
La función del amor es unir todas las cosas en sí mismo y mantenerlas unidas extendiendo su plenitud. El amor es inocente, no culpable, por eso no hay cabida para el miedo que afecte mi valía y la de mis hermanos. Es decir, el amor no hace excepciones: toda la Filiación es objeto de amor incondicional y, por lo tanto, de reconocimiento de la valía. Es decir, nunca está en discusión y no depende de los logros y reconocimientos externos.
7. La paz mental como aceptación de mi valía.
La motivación de este Curso es alcanzar y conservar el estado de paz mental. Pero esta paz mental comienza con mis propios pensamientos que deben estar guiados por la aceptación de mi verdadera identidad como Hijo de Dios lo cual lleva implícito la aceptación de mi valía.
Un curso de milagros
Terapia: La Valía
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