Pregunta 14 ¿Qué Soy?

“Con lentitud, constancia y amabilidad se gana esta carrera” Ken Wapnick
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Índice del Tema Especial 14
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PREGUNTA 14

¿Qué Soy?


1. Soy el Hijo de Dios, pleno, sano e íntegro, resplandeciente en el reflejo de Su Amor. ²En mí Su creación se santifica y Se le garantiza vida eterna. ³En mí el amor alcanza la perfección, el miedo es imposible y la dicha se establece sin opuestos. ⁴Soy el santo hogar de Dios Mismo. ⁵Soy el Cielo donde Su Amor reside. ⁶Soy Su santa Impecabilidad Misma, pues en mi pureza reside la Suya Propia.


2. La necesidad de usar palabras está casi llegando a su fin ahora. ²Mas en los últimos días de este año que tú y yo juntos le ofrecimos a Dios, hemos encontrado un solo propósito, el cual compartimos. ³Y así, te uniste a mí, de modo que lo que yo soy tú lo eres también. ⁴La verdad de lo que somos no es algo de lo que se pueda hablar o describir con palabras. ⁵Podemos, sin embargo, darnos cuenta de la función que tenemos aquí, y usar palabras para hablar de ello así como para enseñarlo, si predicamos con el ejemplo.


3. Somos los portadores de la salvación. ²Aceptamos nuestro papel como salvadores del mundo, el cual se redime mediante nuestro perdón conjunto. ³Y al concederle el regalo de nuestro perdón, éste se nos concede a nosotros. ⁴Vemos a todos como nuestros hermanos, y percibimos todas las cosas como buenas y bondadosas. ⁵No estamos interesados en ninguna función que se encuentre más allá del umbral del Cielo. ⁶El conocimiento volverá a aflorar en nosotros cuando hayamos desempeñado nuestro papel. ⁷Lo único que nos concierne ahora es dar la bienvenida a la verdad.


4. Nuestros son los ojos a través de los cuales la visión de Cristo ve un mundo redimido de todo pensamiento de pecado. ²Nuestros, los oídos que oyen la Voz que habla por Dios proclamar que el mundo es inocente. ³Nuestras, las mentes que se unen conforme bendecimos al mundo. ⁴Y desde la unión que hemos alcanzado, invitamos a todos nuestros hermanos a compartir nuestra paz y a consumar nuestra dicha.


5. Somos los santos mensajeros de Dios que hablan en Su Nombre, y que al llevar Su Palabra a todos aquellos que Él nos envía, aprendemos que está impresa en nuestros corazones. ²Y de esa forma, nuestras mentes cambian con respecto al objetivo para el que vinimos y al que ahora procuramos servir. ³Le traemos buenas nuevas al Hijo de Dios que pensó que sufría. ⁴Ahora ha sido redimido. ⁵Y al ver las puertas del Cielo abiertas ante él, entrará y desaparecerá en el Corazón de Dios.


Un curso de milagros L-pII.14 www.celebrandoelmilagro.com

AUDIOS DE LA PREGUNTA 14

Lectura por Blanca Nivia Morales Contreras

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Ocurrir por Martin Musarra

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Comentario por Jorge Luis Álvarez Castañeda

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Comentario por Jorge Luis Álvarez Castañeda

Nos dice, Jesús, en el tema de especial relevancia 14. ¿Qué soy?:

Soy el Hijo de Dios, pleno, sano e íntegro, resplandeciente en el reflejo de Su Amor. En mí Su Creación se santifica y se le garantiza vida eterna. En mí el amor alcanza la perfección, el miedo es imposible y la dicha se establece sin opuestos. Soy el santo hogar de Dios Mismo. Soy el Cielo donde Su Amor reside. Soy Su santa Impecabilidad Misma, pues en mi pureza reside la Suya Propia.

Esta es una declaración de independencia del sistema de pensamiento del ego. No soy un ego. No soy el personaje fabricado por el ego, el ser con minúscula, carente y que se considera lleno de pecado, culpa y miedo, separado de Dios y lleno de resentimientos y de conflictos.

Soy todo lo contrario del ego. Soy el Hijo de Dios. Soy el Hijo de la naturaleza de Dios: el Amor. Por lo tanto, el miedo es imposible. Me siento unido a todo y a todos. Mi Padre, en su infinita generosidad, ha querido compartir todas sus características conmigo, toda su santidad, toda su perfección e impecabilidad, toda su pureza. Soy la morada de Dios, quien reside en mi mente recta.

Continúa Jesús: ”La necesidad de usar palabras está casi llegando a su fin. Mas en los últimos días de este año que tú y yo juntos le ofrecimos a Dios, hemos descubierto que compartimos un solo propósito”.

Las palabras son símbolos de símbolos que, como dice Jesús, en la lección 184 *El Nombre de Dios es mi herencia*, lo que hacen es separar y dividir. La herencia del mundo del ego es multitud de nombres con los cuales se pretende dar realidad a multitud de cosas separadas. La herencia de Dios es el Nombre de Dios, que es el mismo Nombre de Su Hijo, y que expresa la Unidad en Dios. El hacer a Dios como mi único objetivo y al perdón como mi único propósito, hace que continuamente esté atento a los juicios que fomentan la separación, y por eso es muy apropiada la lección 352:

Los juicios son lo opuesto al amor. De los juicios procede todo el dolor del mundo, y del amor, la Paz de Dios.

Nos dice, Jesús: ”La verdad de lo que somos no es algo de lo que se pueda hablar o describir con palabras. Podemos, sin embargo, darnos cuenta de la función que tenemos aquí, y usar palabras para hablar de ello así como para enseñarlo, si predicamos con el ejemplo”.

El Hijo de Dios, el Ser, el Cristo que soy no se puede describir porque hace parte del Conocimiento, de la Unidad plena en Dios. No hay forma de describir con palabras, que hacen parte de la percepción, surgida cuando se da la creencia en la separación de Dios, lo que representa la Unidad como lo es mi condición de ser Cristo. Pero puedo valerme de ellas y ponerlas al servicio de la salvación si predico la unidad, el amor, la paz, con mi ejemplo y soy coherente: lo que piense, sienta, diga y haga, siempre expresará que Dios es mi único objetivo y que mi propósito es perdonar.

Continua Jesús: ”Somos los portadores de la salvación. Aceptamos nuestro papel como salvadores del mundo, el cual se redime mediante nuestro perdón conjunto. Y al concederle el regalo de nuestro perdón, éste se nos concede a nosotros”.

Nuestro papel es contribuir a la salvación, vale decir, al deshacimiento del sistema de pensamiento del ego mediante el reconocimiento, nuestro y de nuestros hermanos, de nuestra verdadera identidad como el Hijo de Dios, como el Cristo que somos. Es necesario que nos decidamos a aceptar el papel de salvadores del mundo con todos aquellos que nuestro Padre nos envía para, ofrecerle a cada uno un milagro de amor mediante el perdón. De esa manera, sanamos nuestra mente y contribuyen a sanar la de nuestros hermanos pues la salvación es una empresa de colaboración.

Recordemos la ley del amor: lo que le doy a mi hermano es el regalo que me hago a mí mismo (lección 344).

Si perdono, soy perdonado. Claro está que, perdonando con Dios, como vimos en la lección 46 Dios es el amor en el que perdono.

Nos dice, Jesús: ”Vemos a todos como nuestros hermanos y percibimos todas las cosas como buenas y bondadosas”.

Todos somos Hijos de Dios. Detrás de la, aparente, imagen conflictiva, carente, llena de miedo y culpa, que hemos fabricado con el ego, se encuentra, el Hijo de Dios que somos: santo, inocente, impecable, y con todas las demás características de Dios con las cuales, nuestro Padre, generosamente, ha querido dotarnos. Para Dios no hay motivo de separación entre Sus Hijos. No hay Hijos más especiales que otros. Todos somos llamados, así algunos decidan no escuchar ahora. Pero, algún día, todos vamos a escuchar. Esa es la Palabra que Dios nos ha dado: todos hemos sido salvados, así en el momento no lo creamos. Si veo a todos como hermanos se acaban los conflictos, no hay necesidad de atacar, ni tampoco de defenderse. Y hago en mí realidad la lección 181 Confío en mis hermanos que son uno conmigo.

Si tengo la visión de Cristo todo lo que vea será bueno y bondadoso. Las cosas del mundo son neutras depende del maestro que elija para verlas. Se trata de hacer realidad la lección 349 Hoy dejo que la visión de Cristo contemple todas las cosas por mí y que en lugar de juzgarlas le conceda a cada una un milagro de amor.

Continúa Jesús: ”No estamos interesados en ninguna función que se encuentre más allá del umbral del Cielo. El Conocimiento volverá a aflorar en nosotros cuando hayamos desempeñado nuestro papel. Lo único que nos concierne ahora es dar la bienvenida a la verdad”.

El objetivo del Curso no es ir más allá del Cielo porque se entraría en el terreno del Conocimiento, de la Unidad en Dios. El Curso está pensado para que nos ayude a remover todos los obstáculos que, siguiendo al ego, ponemos al Amor de Dios. Mediante la guía del Espíritu Santo y de Jesús, removeremos esos obstáculos de resentimientos, pecado, culpa, miedo mediante el perdón y la aceptación de la Expiación para nosotros mismos. Cuando lleguemos al umbral del Cielo dejaremos la percepción y Dios dará el último paso y nos llevará al Conocimiento, a la Unidad, al Cielo. Nuestro papel es aceptar la verdad de nuestra verdadera identidad como Hijos de Dios, de esa manera, removemos todos los obstáculos que nos impiden el recuerdo de Dios que siempre ha estado en la mente, al igual que el Espíritu Santo, como nos dice Jesús en la lección 352: ”Dentro de mí yace Tu recuerdo, así como Uno que me lleva hasta Él”. L-352. 1:7.

Nos dice, Jesús: ”Nuestros son los ojos a través de los cuales la visión de Cristo ve un mundo redimido de todo pensamiento de pecado. Nuestros son los oídos que oyen la Voz que habla por Dios proclamar que el mundo es inocente. Nuestras son las mentes que se unen conforme bendecimos al mundo”.

Podemos decidirnos a escuchar al Espíritu Santo quien, continuamente, nos llama a perdonar, de tal manera, que permitamos que la visión de Cristo se haga presente y podamos ver un mundo perdonado, un mundo de paz y de amor. El mundo, que tenemos en la mente es inocente. Y la inocencia de mi mente es la que extiendo a mis hermanos y veo en ellos, también, inocencia, santidad e impecabilidad que es la misma mía. Y, así, contribuyo a la unión de las mentes que bendecimos al mundo y pongo el cuerpo al servicio de Cristo para que El bendiga el mundo con milagros, como nos ha enseñado Jesús.

Continúa Jesús: ”Y desde la unión que hemos alcanzado, invitamos a todos nuestros hermanos a compartir nuestra paz y a sumarse a nuestra dicha”.

Desde la unión de nuestras mentes, bajo la guía del Espíritu Santo, lo único que se produce es paz y dicha infinita, en el instante santo. Es todo lo contrario de lo que significa la unión para el ego que busca la unión en la relación especial, creyendo que, ahora sí, va alcanzar la felicidad, pero esta no dura y tiene que volver a seguir buscando, para no encontrar. La razón: su búsqueda está centrada, en la carencia. La unión de las mentes, cuando bendecimos al mundo, están basadas en la abundancia de Dios.

Continúa Jesús: ”Somos los santos mensajeros de Dios que hablan en Su Nombre, y que al llevar Su Palabra a todos aquellos a los que Él nos envía, aprendemos que está impresa en nuestros corazones. Y de esa forma, nuestras mentes cambian con respecto al objetivo para el que vinimos y al que ahora procuramos servir”.

Nuestro papel, en este mundo, es llevar la Palabra de Dios a nuestros hermanos, pero, para poder hacerlo, tenemos que perdonar todos los pensamientos no amorosos que tengamos basados en el ego. Recordemos que el ministro, maestro o mensajero de Dios es aquel que escucha el llamado de la Palabra de Dios, la acepta, se la da a sus hermanos y, luego, después de darla, la integra en su corazón. Este mundo es un aula de aprendizaje. Cada hermano con el que nos encontremos es una oportunidad para bendecirlo, ver su impecabilidad y no juzgarlo. Esta es la manera de llegar a Dios. A Dios no podemos llegar solos.

Finalmente nos dice, Jesús: ”Le traemos buenas nuevas al Hijo de Dios que pensó que sufría. Ahora ha sido redimido. Y al ver las puertas del Cielo abiertas ante él, entrará y desaparecerá en el Corazón de Dios”.

Ahora, siempre es ahora, en el camino de la salvación. He sido redimido cuando, a partir, primero, de mi decisión de pedir ayuda, reconozco que estaba equivocado por seguir al ego y me he abierto a la intervención del Espíritu Santo y de Jesús para que sanen mi mente mediante el perdón y la aceptación de la Expiación para mí mismo. Después de dejar que la Ayuda divina obre en mi mente, asumo mi papel de ministro, mensajero o maestro de Dios y le llevo la Palabra a mis hermanos y, de esa manera, la integro. De esta forma, contribuyo al plan de Dios para la salvación que me puede llevar a las puertas del Cielo donde Dios dará el último paso y me entrará al Corazón de Dios.


Jorge Luis Álvarez Castañeda L-pII.14 www.celebrandoelmilagro.com

Pregunta 14 Comentada por Kenneth Wapnick

¿Qué soy?

“Llegamos al resumen final, “¿Qué soy?” De las muchas joyas en el cofre del tesoro del Curso, esta es una de las más preciadas — una hermosa descripción de Quién somos como el Hijo de Dios. La respuesta que Jesús da a esta pregunta ha sido el enfoque subyacente de Un Curso de Milagros, ya que el problema al principio, cuando elegimos al ego en lugar del Espíritu Santo, era que estábamos fabricando un yo que decididamente no es Quién somos. Paralelamente, esta es la única pregunta que le hizo el maestro indio iluminado Ramana Maharshi a sus seguidores: “¿Quién soy?” Si la respuesta es el cuerpo y la personalidad, hemos respondido incorrectamente, y de esa creencia proviene nuestro dolor, miseria e infelicidad. El propósito de Un Curso de Milagros, por lo tanto, es ayudarnos a estar abiertos a hacer la pregunta correcta — “¿Qué soy?” — para que podamos escuchar y aceptar esta respuesta inspiradora:

(1) «Soy el Hijo de Dios, pleno, sano e íntegro, resplandeciente en el reflejo de Su Amor. En mí Su creación se santifica y se le garantiza vida eterna. En mí el amor alcanza la perfección, el miedo es imposible y la dicha se establece sin opuestos. Soy el santo hogar de Dios Mismo. Soy el Cielo donde Su Amor reside. Soy Su santa Impecabilidad Misma, pues en mi pureza reside la Suya Propia.»

Esta es nuestra respuesta a todo lo que el ego alguna vez enseñó es cierto acerca de nosotros mismos, deshaciendo todo miedo y culpa, todo dolor y sufrimiento. Lo que queda es la vida eterna que nos fue dada en la creación, sin mancha por los pensamientos huraños del ego sobre la creación y usurpación. Nunca real, estos pensamientos evanescen en la nada de su propia ilusión. Desde el glorioso final del texto, leemos sobre el final de un viaje que nunca sucedió realmente:

“Ya no se le otorga fe a ninguna ilusión, ni queda una sola mota de obscuridad que pudiese ocultarle a nadie la faz de Cristo.” (T-31.VIII.12:5)

Esta faz resplandeciente dura sólo un instante antes de que su lugar sea tomado por el Ser impecable que Dios creó, que reside en el santo hogar de Dios. Recordemos el encantador cierre a la clarificación de términos:

“El Hijo reposa, y en la quietud que Dios le dio, entra en su hogar y por fin está en paz.” (C-ep.5:6)

La voz de Jesús ahora vuelve a hablarnos:

(2:1-2) «La necesidad de usar palabras está casi llegando a su fin ahora. Mas en los últimos días de este año que tú y yo juntos le ofrecimos a Dios, hemos encontrado un solo propósito, el cual compartimos.»

Recordemos que Un Curso de Milagros tiene que ver con el propósito y nuestra necesidad de darnos cuenta de que mantener el propósito de individualidad del ego no nos ha hecho felices ni nos ha traído paz. De hecho, el único propósito mencionado anteriormente, compartido por todos, es la necesidad de perdonar y reconocer nuestro simple error — nada más que un mal sueño que durará solo mientras elijamos creer en el propósito de separación del ego. Este pasaje del texto expresa muy bien nuestro propósito compartido, que revela a nuestra conciencia despierta la Unidad de la Santa Voluntad de Dios:

“La Voluntad de Dios reside para siempre en aquellos cuyas manos están unidas... cuando se unieron y compartieron un mismo propósito, les fue posible entender que su voluntad es una. Y así, la Voluntad de Dios no puede sino llegar hasta sus conciencias. Y no van a poder seguir olvidándose por mucho más tiempo de que no es sino la suya propia.” (T-30.V.11:1, 3-5)

(2:3) «Y así, te uniste a mí, de modo que lo que yo soy tú lo eres también.»

Jesús vuelve a este importante tema — «nosotros somos como él». Lo enuncia al comienzo del texto porque es esencial para nuestro aprendizaje, tanto que merece otra cita aquí:

“Los que son iguales no deben sentir reverencia los unos por los otros, pues la reverencia implica desigualdad. Por consiguiente, no es una reacción apropiada hacia mí. Un hermano mayor merece respeto por su mayor experiencia, y obediencia por su mayor sabiduría. También merece ser amado por ser un hermano, y devoción si es devoto. Es tan sólo mi devoción por ti lo que me hace merecedor de la tuya. No hay nada con respecto a mí que tú no puedas alcanzar. No tengo nada que no proceda de Dios. La diferencia entre nosotros por ahora estriba en que yo no tengo nada más. Esto me coloca en un estado que en ti es sólo latente.” (T-1.II.3:5-13)

Esta enseñanza es crucial para deshacer la tradición milenaria del cristianismo de que Jesús es ontológicamente diferente de nosotros y, por lo tanto, «no» somos como él. Con tal especialismo como nuestra fundación, solo podemos «esperar» unirnos a él, pidiéndole su ayuda y sufriendo como él lo hizo, pero nunca siendo capaces de ver que somos lo que él es.

(2:4-5) «La verdad de lo que somos no es algo de lo que se pueda hablar o describir con palabras. Podemos, sin embargo, darnos cuenta de la función que tenemos aquí, y usar palabras para hablar de ello así como para enseñarlo, si predicamos con el ejemplo.»

Nuevamente, Quienes somos como Cristo en el ámbito del conocimiento no es lo que Jesús enseña en su curso, y ciertamente no es lo que somos capaces de aprender. Sin embargo, él puede enseñar y nosotros podemos aprender cómo deshacer las interferencias para recordar nuestro Ser. Por lo tanto, las palabras pueden ser utilizadas como símbolos que corrigen los símbolos del ego. Sin duda, el lector recordará esta importante discusión en la clarificación de términos, donde Jesús explica cómo las palabras — es decir, los símbolos — cumplen su propósito en Un Curso de Milagros:

“Este curso opera dentro del marco de referencia del ego, pues ahí es donde se necesita. No se ocupa de lo que está más allá de todo error, ya que está planeado únicamente para fijar el rumbo en dirección a ello. Por lo tanto, se vale de palabras, las cuales son simbólicas y no pueden expresar lo que se encuentra más allá de todo símbolo.” (C-in.3:1-3)

El ego habla primero, como dice el texto (T-5. VI.3: 5), y siempre está equivocado. El Espíritu Santo es la Respuesta, y siempre tiene la razón. El ego habló primero produciendo su sistema de pensamiento de separación y haciendo que el mundo perceptivo fuera su tapadera. Un Curso de Milagros es una de las respuestas que el Espíritu Santo ha dado que usa los símbolos del ego dentro de su marco – el mundo separado – pero con un propósito totalmente diferente. Nuestra función, sin embargo, no es enseñar la verdad de Un Curso de Milagros predicando o explicando su teoría, sino aceptando sus principios y viviéndolos, aceptando el amor perdonador de Jesús para que se extienda a través de nosotros. Eso es lo que nos enseña y nos pide que enseñemos a través de él. No podemos citar con suficiente frecuencia su exhortación a nosotros, sus discípulos: “No enseñes que mi muerte fue en vano. Enseña, más bien, que no morí, demostrando que vivo en ti.” (T-11.VI.7:3-4)

(3:1) «Somos los portadores de la salvación.»

Una vez más, traemos la salvación al ejemplificar la enseñanza de Jesús. Un Curso de Milagros afirma que la mejor enseñanza es mediante el ejemplo (T-5.IV.5:1). De hecho, podríamos decir que la única enseñanza real es mediante el ejemplo, como lo ilustra este pasaje citado anteriormente del manual:

“Enseñar es demostrar. Existen solamente dos sistemas de pensamiento, y tú demuestras constantemente tu creencia de que uno u otro es cierto. De tu demostración otros aprenden, al igual que tú. No es cuestión de si vas a enseñar o no, ya que en eso no hay elección posible. Podría decirse que el propósito del curso es proporcionarte los medios para que elijas lo que quieres enseñar, en base a lo que quieres aprender. No puedes darle nada a otro, ya que únicamente te das a ti mismo, y esto se aprende enseñando.” (M-in.2:1-5)

Por lo tanto, nuestra elección es si debemos ser portadores de la salvación o la condenación, la resurrección o la crucifixión — sabiendo que lo que llevamos a los demás lo hemos traído a nosotros mismos.

(3:2-4) «Aceptamos nuestro papel como salvadores del mundo, el cual se redime mediante nuestro perdón conjunto. Y al concederle el regalo de nuestro perdón, éste se nos concede a nosotros. Vemos a todos como nuestros hermanos, y percibimos todas las cosas como buenas y bondadosas.»

No es que las cosas en sí mismas sean buenas y bondadosas — al no ser nada, las ilusiones no tienen cualidades positivas ni negativas. Es el propósito que le damos a las cosas de este mundo lo que las hace buenas y bondadosas. El perdón nos trae esta percepción benéfica, porque es lo único que levanta los velos que arrojan un pálido mal sobre el mundo proyectado que nuestros egos nos hacen ver. Sin embargo, nuestra visión limpia revela un mundo bondajoso y bueno, ya que refleja la bondad del Amor del Espíritu Santo que redime al mundo de sus conceptos y percepciones falsas — nuestro odio especial se convierte en nuestro amor especial (T-25.VI.6: 8), nuestro enemigo se convierte en nuestro amigo.

(3:5-7) «No estamos interesados en ninguna función que se encuentre más allá del umbral del Cielo. El conocimiento volverá a aflorar en nosotros cuando hayamos desempeñado nuestro papel. Lo único que nos concierne ahora es dar la bienvenida a la verdad.»

Nuestra función más allá del umbral del conocimiento del Cielo es crear, como una extensión del Amor y espíritu de Dios. Nuestro objetivo aquí, sin embargo, es diferente, como recordamos:

“El conocimiento no es la motivación para aprender este curso. La paz lo es. La paz es el requisito previo para alcanzar el conocimiento, simplemente porque los que están en conflicto no están en paz, y la paz es la condición necesaria para el conocimiento porque es la condición del Reino. El conocimiento sólo puede ser restituido cuando satisfaces sus condiciones.” (T-8.I.1:14)

En este mundo, nuestro objetivo es perdonar, y luego dejar que el perdón que elegimos se extienda a través de nosotros sin introducir nada propio que interfiera con su gentil flujo. Dejado por sí mismo, sin el ego, el perdón se extiende naturalmente, y no necesitamos preocuparnos por la verdad, sino sólo darle la bienvenida. Hemos visto esta idea muchas veces antes:

“Tu tarea no es ir en busca del amor, sino simplemente buscar y encontrar todas las barreras dentro de ti que has levantado contra él. No es necesario que busques lo que es verdad, pero «sí es» necesario que busques todo lo que es falso.” (T16.IV.6:1-2)

El perdón hace espacio para la verdad, ya presente en nosotros. Así se le da la bienvenida.

(4:1-3) «Nuestros son los ojos a través de los cuales la visión de Cristo ve un mundo redimido de todo pensamiento de pecado. Nuestros, los oídos que oyen la Voz que habla por Dios proclamar que el mundo es inocente. Nuestras, las mentes que se unen conforme bendecimos al mundo.»

Incluso aquí, al final del libro de ejercicios, Jesús deja en claro que todavía tenemos ojos y oídos corporales — no nos está pidiendo que ignoremos o neguemos nuestras experiencias físicas — pero ahora tienen un propósito diferente: un aula en la que aprendemos a aceptar la visión de Cristo como nuestra, y la Voz del Espíritu Santo como la única que deseamos escuchar. Esta visión y la Voz se extienden naturalmente a través de nosotros a medida que aprendemos que sólo se extienden a nosotros mismos, ya que la mente del Hijo de Dios es una.

(4:4) «Y desde la unión que hemos alcanzado, invitamos a todos nuestros hermanos a compartir nuestra paz y a consumar nuestra dicha.»

Esto expresa poéticamente lo que nos es tan familiar – la Filiación de Dios es una, y lo que aceptamos para nosotros mismos debemos aceptarlo para todos. Si excluimos a una sola persona de esta unidad, hemos crucificado a Cristo una vez más. Así, por nuestra inclusión — llamando a todos los hermanos, sin excepción — nos convertimos en el mensajero de Cristo Mismo.

(5:1) «Somos los santos mensajeros de Dios que hablan en Su Nombre, y que al llevar Su Palabra a todos aquellos que Él nos envía, aprendemos que está impresa en nuestros corazones.»

La hermosa frase “está impresa en nuestros corazones” proviene de San Pablo (Romanos 2:15). Estrictamente hablando, como hemos visto, Dios no nos envía personas, a pesar de que esa puede ser nuestra experiencia porque no somos conscientes de que el tomador de decisiones ha elegido experimentar diferentes sueños que ya están presentes en nuestras mentes. Al ejemplificar la Palabra de Dios — el principio de Expiación — aprendemos que también es segura dentro de nosotros, y reconocemos Su Palabra por su expresión todo-inclusiva: todos son parte de su amor sanador.

(5:2-5) «Y de esa forma, nuestras mentes cambian con respecto al objetivo para el que vinimos y al que ahora procuramos servir. Le traemos buenas nuevas al Hijo de Dios que pensó que sufría. Ahora ha sido redimido. Y al ver las puertas del Cielo abiertas ante él, entrará y desaparecerá en el Corazón de Dios.»

El libro de ejercicios continúa durante un tiempo después de esta hermosa conclusión, pero el pasaje anterior refleja su visión final: nos damos cuenta de nuestro error, y al darnos cuenta de ello, el pensamiento de corrección resplandece en toda la mente de la Filiación a medida que el sueño desaparece suavemente y pasamos a través de las puertas del Cielo. Este es, entonces, el papel de Jesús, que nos lleva a través del puente de la redención al mundo real, y más allá de sus santos portales al Corazón de Dios Mismo, donde estamos completos para siempre:

“El puente a través del cual Él quiere llevarte en Sus brazos, te lleva del tiempo a la eternidad. Despierta del tiempo, y sin miedo alguno contesta la llamada de Aquel que te hizo eterno cuando te creó. A este lado del puente que conduce hacia la intemporalidad no entiendes nada. Pero conforme lo cruces con paso ligero, sostenido por la intemporalidad, se te conducirá directamente al Corazón de Dios. Y ahí, y sólo ahí, en el centro de Su Corazón, estarás a salvo para siempre porque gozarás de compleción eternamente. No hay velo que el Amor de Dios en nosotros no pueda descorrer. El camino a la verdad está despejado. Recórrelo conmigo.” (T16.IV.13:4-11)


Kenneth Wapnick L-pII.14 www.celebrandoelmilagro.com


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